En 1922, tras una crisis de fe que le lleva a abandonar la vida monástica, Georges Bataille, segundo de su promoción como archivista-paleógrafo, es enviado a la Escuela de Altos Estudios Hispánicos de Madrid, la que hoy es la Casa de Velázquez. Sus noches en vela las pasa viendo a El Estampío, un genial bailaor flamenco; Maurice Legendre le pide que lo acompañe al Concurso de Cante Jondo de Granada que organiza Manuel de Falla y publicita un jovén Federico García Lorca; a su regreso a Madrid, va a los toros y presencia la cornada al diestro Manuel Granero que le acaba saltando un ojo. Estos tres acontecimientos dan un vuelco a su vida y a su obra -Las lágrimas de eros, Historia del Ojo, La parte maldita-, a la postre definitivo.
Modestamente, el periodo que pase en la Casa de Velázquez, a principios de los años 90, fue, realmente, el tiempo que giró mis intereses hacía el campo del flamenco. Parecerá raro, cuando mi residencia era Sevilla, pero, siendo ya aficionado, fueron las noches del Candela, cuando reinaba Enrique Morente, donde con mi «primo» José Manuel Gamboa y maestros como Pepe Habichuela, Gerardo Núñez o Rafael Riqueni empecé a entender, verdaderamente, lo que era el flamenco. Ahí empezó a desplazarse mi trabajo hacía otros territorios que, finalmente, pude entender como parte del campo flamenco.
El campo flamenco es un campo de minas. Los tópicos lo hacen explotar contínuamente e impiden ver lo que realmente lo constituye. El flamenco, como veremos, es uno de los aparatos de imaginación subalterna más complejos que puedan darse, en los que se esconden algunos de los mecanismos originarios de la «poiesis», del modo de hacer, de eso que todavía conocemos como artes.
Lo que proponemos es un día de desplazamiento a un territorio propiamente flamenco, en unas jornadas de creación e investigación donde se crucen conversaciones, comunicaciones, gestos, impresiones, debates, antagonismos, bailes, cantes y toques, con las gestualidad y la plástica que tiene esa palabra que alude a lo táctil. Un conocimiento por contacto podríamos decir. Un espacio en el que lo sensible -la comida de una forma muy directa en ese espacio que llaman Infinito Delicias- se distribuya entre todos los cuerpos participantes. Hablamos, claro, de los artistas e investigadores que están residiendo en la Casa de Velázquez y que deben articular la jornada con sus aportaciones, textos, operaciones visuales y táctiles, con debates, puestas en común y bailes si es lo que les pide el cuerpo. Se trata de un laboratorio aunque parezca una fiesta. Se trata de una celebración aunque parezca un seminario.
Queremos subrayar que nada le es ajeno al campo flamenco, por sus sofisticación, por su densidad, con su complejidad, por su profundidad histórica: recoge los saberes de clases populares y subalternas que se han ido socavando desde siglos, en un territorio geopolíticamente fronteriza entre los mundos Atlántico y Mediterráneo. El cante, el toque, el baile es sencillamente su espuma, creo que merece la pena dejar que esta espuma nos empuje, nos desplace, nos mueva.
Pedro G. Romero
Comisario de la edición 2026 de Desplazarse