La influencia del turismo en la transformación del espacio urbano: nuevas ficciones patrimoniales.

Los procesos de conservación e intervención en el patrimonio han transcurrido desde su origen paralelamente a los procesos de regeneración de áreas urbanas vinculadas a la presencia de museos y edificios monumentales. En este marco, las polémicas suscitadas por el desarrollo reciente de fenómenos vinculados a la transformación de bienes y tejidos culturales históricos (restauraciones violletianas, destrucción intencionada de una buena parte de los bienes de la historia más reciente, arquitectura industrial o del Movimiento Moderno, actuaciones de transformación de la ciudad heredada, clonación de edificios o paisajes urbanos desaparecidos como en Berlín, Potsdam, Moscú, Estambul, etc.), plantean abiertamente la incidencia de factores sociológicos, políticos, así como aquéllos derivados de las estrategias de marketing territorial, urbano, y empresarial.

Las políticas de actuación llevadas a cabo en las últimas décadas en la mayor parte de las ciudades europeas, mezclan y entrecruzan, a veces de manera conflictiva, numerosos intereses, derivados de los ámbitos del planeamiento urbano y de los usos del suelo, de la protección patrimonial, y de la política cultural y turística. Muchas ciudades y centros históricos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO serán objeto de una gestión y un tratamiento especial del que derivan medidas especiales de protección y conservación, pero asimismo de fomento del turismo. Los documentos internacionales relativos a la protección del patrimonio han acompañado este proceso, y desde la Carta de Venecia (1964) a la Recomendación de la UNESCO sobre el Paisaje Urbano Histórico de noviembre de 2011, se ha expandido el campo de protección desde los monumentos históricos aislados al ambiente urbano y paisajístico, a los bienes culturales contenidos en la propia ciudad y el territorio, con sus valores patrimoniales, medioambientales, culturales, arqueológicos, arquitectónicos, artísticos o técnicos, y a la protección y conservación integrada de los sitios, de los barrios antiguos, de las ciudades histórica, desde una visión holística, integrando a su vez los valores inmateriales, sociales, funcionales.

No obstante, las consecuencias negativas derivadas de su conversión en meros productos turísticos recaen en la propensión a restauraciones fachadísticas generadoras de una imagen estereotipada y teatral, como sucede en algunos barrios de París, o ciudades reconstruidas ‘en estilo’ tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, constituyéndose en réplicas de su historia; ciudades -museo, sin otra función que la derivada de actividades terciarias, o la creación de imaginarios urbanos en que la ciudad se consume y distribuye en áreas temáticas, como es el caso de Barcelona. La creación de imaginarios turísticos, el impacto del documento de Nara sobre la autenticidad en la teoría de la conservación del patrimonio arquitectónico, y también de ideologías políticas basadas en la nostalgia de una Edad de Oro idealizada (el neo -otomanismo en Turquía; la nostalgia por la Prusia en Alemania o por el Grand Siècle en Francia; etc.), se han materializado en algunas actuaciones dignas de investigación.

La concepción de la ciudad como museo por la vía de la narración temática constituirá también el origen de muchas actuaciones actuales basadas en un correlato entre políticas museísticas y patrimoniales en aras de fomentar la educación y el turismo. Son numerosas las opiniones críticas respecto a la excesiva idealización en las formas de presentar el patrimonio y los museos, regidos por principios de marketing para atraer nuevos consumidores, utilizando para este fin estrategias próximas a otros lugares del ocio y el esparcimiento como los parques temáticos. La cultura es convertida en una suerte de ritual laico colectivo en las sociedades postindustriales, cuya instrumentalización por las denominadas industrias del ocio o turístico -culturales puede entrañar riesgos de banalización o neutralización. En lo que respecta a las ciudades históricas, pese a las recomendaciones de la Carta del Turismo Cultural de ICOMOS (1976), la realidad revela que en muchas ocasiones, políticas urbanísticas (conservación activa del patrimonio mediante planeamiento de rehabilitación integrada) y políticas turísticas (explotación razonada y sustentable de los recursos patrimoniales) han venido caminando por vías divergentes. En relación a este punto, podría enarbolarse uno de los principios implícitos en los códigos normativos es el criterio de mantener la autenticidad y la calidad frente a la falsificación que ejercen otros agentes y lugares del ocio y la cultura.

F. Bianchini (1993) alude a que nos hallamos en la "era del marketing urbano" asociado a las ciudades como plataformas culturales y de ocio, lo que posee una lógica repercusión a la hora de entender la formalización de los espacios culturales en la trama urbana, la conservación patrimonial de determinados ámbitos, o la singularidad monumental en el diseño de otros. Los fundamentos ideológicos y sociológicos de esta nueva situación es definida por Marc Augé con el término “sobremodernidad”. Efectivamente los efectos de la globalización se alían con la espectacularización de determinados fenómenos e instituciones culturales, y frente a la homogeneidad de los no -lugares, surgen singularidades hiper -estimulantes y pregnantes, que aspiran a caracterizar el paisaje urbano de forma hedonista.

En este proceso de construcción de la imagen de la ciudad intervienen activamente los nuevos espacios y áreas de la cultura y el arte, en un proceso transformación con destrucciones, renovaciones, cambios morfológicos y creación de nuevos iconos y valores patrimoniales que se configuran como marco estratégico de la revitalización urbana.