Ejes y objetivos del programa

La façade nord de la Casa de Velázquez, vers 1942

1.    Familias de trabajo y configuraciones estatales

En la gran historia del capitalismo tal y como la narra Max Weber a partir de la emergencia del protestantismo, el trabajo tomaría la forma específica del “Beruf”, a la vez vocación del creyente que experimenta su elección divina y profesión que le proporciona el terreno para dicha experimentación.

Así, alrededor del trabajo se reconfiguraría una ética completa que englobaría todos los aspectos de la existencia a escala de las comunidades religiosas que se cristalizan. ¿Qué ocurre cuando falta esta gran fuerza de racionalización que constituiría la religión protestante? Dentro de un cuestionamiento más abierto, se trataría de estudiar las transformaciones y las permanencias de las estructuras sociales y productivas e interrogarse al modo de Eugen Weber sobre su “modernización”. La dominación de una sociedad rural parece dejar poco espacio para una actividad productiva que se manifiesta como tal (aunque sin duda habría que observarlo más detenidamente para matizar esta afirmación), fuera de las prácticas familiares de intercambios y de conservación de los vínculos sociales tradicionales. Se puede imaginar, retomando los análisis de Bourdieu sobre la sociedad tradicional argelina, marcada por una ruralidad que encontraríamos en el campo francés, como por ejemplo en el Bearn, que el trabajo se dispersa en la multitud de “ocupaciones” que impone el imperativo de no quedarse con “los brazos caídos”. En la Francia del Antiguo Régimen (aunque podamos también referirnos en la materia a la realidad de finales de la Edad Media en toda una parte de Europa), el propio cultivo de la tierra adquiere la forma de un intercambio con la naturaleza, inscribiéndose en el ciclo de las estaciones. La realización intencional de un bien que caracteriza el acto productivo se borra frente a los accidentes naturales y la invocación de las fuerzas de la naturaleza, de las que, en algunos aspectos, testimonia una fisiocracia que concibe la tierra como una fuente específica de riquezas. Las actividades urbanas que a primera vista parecerían más próximas de una lógica mercantil se encuentran a su vez atrapadas en los ritos corporativos y el control social vinculado a ellas. Se caracterizan por una vinculación a una actividad que conduce a los miembros de una corporación a considerarse como los detentores de un saber exclusivo, sin poder imaginar una comunidad de condición que vaya más allá de la corporación. Su anclaje en un universo familiar es también aquí manifiesto, con una parte sustancial de reproducción del orden corporativo entre las generaciones. Actividad productiva, comercio local y vida familiar tienden también aquí a confundirse.

Uno de los retos es pues situarse en el largo plazo, para percibir la constitución del trabajo como actividad específica, tendiendo a distinguirse de la vida familiar a través de unos lugares diferenciados. A este respecto, el lugar de las mujeres y de los niños puede ser analizado. La élite urbana francesa (también la inglesa) de finales del siglo XIX aboga por apartar a las mujeres y a los niños de los lugares donde la promiscuidad es vista como una fuente de degradación de los individuos y de degeneración de la “raza”; en otras sociedades europeas (empezando por la Península Ibérica), el trabajo de las mujeres y de los niños sigue apareciendo como “natural” y, por lo tanto, necesario. Pese a las conminaciones discursivas, en realidad el trabajo de las mujeres y de los niños está muy extendido. Sobre todo, encuentra un lugar de peso en el marco de pequeñas unidades de producción ampliamente dominantes en la estructura industrial, no sólo de los países del sur de Europa sino también del norte.

El modelo de una “revolución industrial” uniforme, pero según unas temporalidades específicas para cada país, parece aquí difícilmente sostenible, como lo demuestra la historiografía reciente (en particular, Denis Woronoff, Gérard Noiriel y Alain Dewerpe) que descubre sobre todo una dinámica de desarrollo más continua, alrededor de productos como los textiles y los cueros y pieles que predominan hasta finales del siglo XIX en un país como Francia. Varios factores deben explorarse de forma comparativa y dialéctica en esta diferenciación progresiva de las actividades sociales y de los lugares de convivencia, conduciendo a contemplar el trabajo como una actividad específica.

La diversidad de las configuraciones locales y de las tradiciones familiares constituye un posible punto de partida. De este modo, el descubrimiento por la demografía histórica de estructuras familiares variadas entre una y otra región es una condición previa. Esta diversidad puede traducirse en la existencia de medios más o menos favorables para la difusión de una cultura técnica, en afinidad con un desarrollo económico potencial, por ejemplo en el marco de distritos industriales o protoindustriales. Se trataría asimismo de analizar el funcionamiento de los mercados del trabajo urbano como elemento de la dinámica del trabajo y como factor de la movilidad de la población rural-urbana. Esta movilidad espacial que inscribe a los individuos en el mercado de trabajo, abre la posibilidad de movilidades sociales, aspecto que podría ser observado desde un punto de vista demográfico y sociológico.

Otra pista es la formada por el papel del Estado, que resulta ser un motor en países como Francia o en la España y el Portugal de los siglos XVIII y XIX, con una dialéctica compleja de difusión de las actividades productivas en el campo y de control de la calidad de los productos, bajo el impulso de un colbertismo (o del cameralismo que inspira los programas económicos de los gobiernos españoles del siglo XVIII) preocupado por la potencia económica del país (Philippe Minard). Unos trabajos recientes contribuyen sin embargo a matizar las situaciones explorando la invisibilidad de determinadas actividades (Jean-Michel Minovez). Factores como las guerras también desempeñan un papel importante en el desarrollo de las industrias necesarias para los ejércitos, desembocando durante la I Guerra Mundial en una organización sin precedentes de la economía nacional y en una concentración inédita de la producción. El ejemplo del sector del calzado ilustra las reconversiones productivas a escala de Europa (Le Bot, Miranda, Sudrow). Al mismo tiempo, la prohibición del trabajo infantil y la escolarización obligatoria tienden a reservar el trabajo a los adultos, dibujando nuevas temporalidades sociales como la infancia y, más recientemente, la adolescencia, incluso la “adulescencia”. Realizar un repaso de las temporalidades, los ritmos y las características de este proceso en el marco social e institucional de países como Francia, España, Portugal, Italia y Suiza, es uno de los objetivos de este proyecto. Por otro lado, en ausencia de un Estado centralizado, las vías de desarrollo económico son más variadas, como en el caso de Italia, marcada por la gran disparidad entre las Tres Italias y sus territorios.

España y Portugal parecen marcados por la acción de un Estado que, durante los siglos XVIII y XIX y en el contexto de las sociedades tradicionales, fomenta la modernización económica, actuando como un agente de la modernización económica, con la voluntad de vencer las resistencias de las viejas estructuras socio-productivas. La toma en consideración de esta dinámica debería permitir aclarar unas dimensiones específicas en la organización de las actividades productivas y sus relaciones con las actividades familiares. El fracaso del Estado y la debilidad del capitalismo ibérico tal vez sea uno de los factores, que a otro nivel y en algunas zonas de la península podrían explicar el papel del movimiento anarquista, portador de un fuerte impulso hacia la creación de cooperativas y de experiencias económicas alternativas. Dentro de esta perspectiva, las tesis de Douglass North deben ser analizadas.

A la inversa, la existencia de una forma democrática más arraigada en las prácticas sociales podría explicar el desarrollo de una producción dispersada, pero implicando un nivel técnico muy elevado, como en el caso de la relojería helvética.

De ahí la ambición de dibujar unas trayectorias abiertas, sin encerrar a los territorios y a los países dentro de unas identidades insuperables. Las grandes políticas industriales dirigidas a formar grandes campeones nacionales se producen en la Francia y en la Italia de los años sesenta. Desde el punto de vista histórico, esta constatación podría estar asociada a una observación profunda de la acción del Estado o de las configuraciones políticas específicas, sobre las situaciones locales y las estructuras domésticas.

2-Incierta contractualización – Libertad e imperativo del trabajo

Dentro de esta dinámica de especificación del trabajo y de las actividades productivas respecto a las demás actividades sociales, las instituciones jurídicas desempeñan un papel crucial. La elaboración de un derecho del trabajo y el desarrollo de seguros sociales basados en la cotización de los patronos y de los asalariados introducen nuevas categorías en la vida social y económica. Instan a los actores económicos a reconocerse en una u otra categoría. Pero, ¿qué ocurre antes de la entrada en vigor de un Código del Trabajo, del reconocimiento de un contrato de trabajo o la identificación de una categoría de “parado” (Robert Salais et alii) que permitan reunir en una condición común a quienes trabajan para un mismo “patrón”?

El descubrimiento de una actividad productiva difusa, bajo la forma de una “protoindustrialización” duradera a escala de distritos conduce a interrogarse sobre la concepción clásica tendente a atribuir a los trabajadores la condición de asalariados. Convendrá asimismo interrogarse sobre la forma que toma el salario y el papel desempeñado por el género en las relaciones laborales, y sobre cómo estas relaciones han influido en la vida doméstica, la familia y el estatus social de las mujeres en las zonas rurales, así como su reflejo en la legislación. Por otro lado, podría proponerse un estudio sobre la naturaleza y los tipos de trabajo que se desarrollaron en las ciudades de los siglos XVIII-XIX fuera del mundo de las corporaciones urbanas, llevando a interrogarse sobre qué es el trabajo. Del mismo modo, el trabajo infantil, de las mujeres y de los mayores a domicilio o en los hospicios podría dar lugar a varias reflexiones: ¿de qué naturaleza, para qué remuneración, qué posibilidades ofrecidas en términos de salario, sociales, de actividades, etc.? De este modo, una historia social que determine los rasgos de la explotación de los asalariados bajo la figura de una “cuestión social” consustancialmente asociada al capitalismo se revela como mínimo discutible. Al hacer del trabajo asalariado una condición transhistórica, de la Edad Media a la crisis de los años setenta del pasado siglo, antes de que el trabajo pierda su función de “gran integrador”, Robert Castel puede fácilmente identificar el imperativo que pesa sobre el trabajo, la disciplina del trabajo forzoso de los edictos reales sucediendo a la gran peste, y los reglamentos de taller de las primeras fábricas.

Si volvemos a analizar las bases institucionales de las actividades productivas vemos por el contrario una situación mucho más compleja, en la que el productor oscila entre la condición de trabajador por cuenta propia o al servicio de otros, y la de empresario incluso de comerciante. En la Francia reorganizada por la Revolución, es en la ley común de la Nación, es decir, en los Códigos (civil y mercantil), donde hay que buscar las categorías pertinentes para calificar unas situaciones muy indecisas. Así, el contrato de obra incluido en el artículo 1710 del Código civil permite calificar tanto la situación del jefe de taller que trabaja para un negociante como la del artesano al que contrata asociándolo a su mujer y a sus hijos en la realización del trabajo. Lo que se dibuja es una forma de subcontratación en cascada, considerada durante un tiempo como una forma de liberación obrera frente a la tutela corporativa (Alain Cottereau), antes de encontrarse sometida a la denuncia del trabajo a destajo como “entre-explotación”, en la que la competencia de todos contra todos tiende a depreciar los ingresos y a incrementar la duración de las tareas en unas proporciones insoportables. Lejos de desaparecer bajo el efecto de una industrialización que da preponderancia al trabajo en la fábrica, es por el contrario el trabajo a domicilio bajo la figura del sweating system lo que requiere una reacción del legislador entre final del siglo XIX y el comienzo del XX. En Suiza, uno de los retos del contrato de trabajo definido por el Código Civil de 1807 es precisamente poder calificar las situaciones de estos trabajadores a domicilio haciendo del criterio de exclusividad, en detrimento del de autoridad, el fundamento de la determinación del patrón. Los juristas franceses se inspiraron de él para elaborar un proyecto de ley que introdujo una primera conceptualización de este contrato de trabajo, permitiendo racionalizar a la vez el derecho del trabajo en un Código y el propio trabajo.

Queda aquí por profundizar el estudio de las situaciones italiana, española y portuguesa, marcadas por una fragmentación territorial y unas formas de transacción que frecuentemente descansan menos en un marco jurídico establecido como en unos vínculos de confianza reforzados por un arraigo familiar. Los periodos fascista, salazarista y franquista que instauraron una forma de corporativismo, un derecho “del trabajo” y “al trabajo” muy particular, también son a considerar. Por ejemplo, ¿podemos ver en ello el origen de una forma de reacción a través de una cierta relajación normativa sobre la delimitación del trabajo, conduciendo a una multiplicación de los marcos contractuales en unas políticas de lucha contra el paro así como a una parte sustancial de trabajo no declarado?

La cuestión de la remuneración o de la retribución también debe ser planteada. ¿De qué se trata? ¿De una compensación bajo la forma de un don/contradon entre las familias o de la remuneración de un trabajo diferente a la actividad doméstica? ¿Qué significa por tanto trabajar por/a cambio de nada? ¿Es equivalente la no remuneración a la no retribución? ¿A qué formas indeterminadas de compensación puede dar lugar la ausencia de un agente monetario? ¿Qué ajustes o negociaciones en ausencia de remuneraciones? ¿Cómo inscribir trabajo obligado, forzoso, servil (una multiplicidad de estatutos que enumeran sus gradientes queda por explorar) en nuestros interrogantes? Se trata asimismo de enriquecer estos interrogantes tomando en consideración una medición de los salarios y de las condiciones de vida en el sur de Europa.

La institucionalización de la remuneración y del trabajo asalariado, la historia del contrato de trabajo, encuentran aquí el motivo para ser retomadas y analizadas. La institucionalización del derecho al trabajo va a contribuir a definirlo a ojos de los propios actores, tomando la forma de  salario o compensación intrafamiliar. De ahí un enfoque en términos de capacidades –pudiendo traducirse en términos de libertad del individuo para moverse entre varias funciones y hacer evolucionar dichas funciones-, implicando una tensión entre capacidades y aptitudes; de dicha tensión emergerían las situaciones de vulnerabilidad (de las cuales la más sensible sería la del esclavo).

El Estado social desempeña un importante papel a este respecto, en la medida en que procura, a menudo de forma condicional, unos recursos alternativos al salario percibido en el mercado de trabajo, actuando de este modo como un factor de desmercantilización de las personas que tiende a liberarlas de la influencia del mercado de trabajo. Las transformaciones de los 30 últimos años desembocan sin embargo en una indexación del Estado social sobre la lógica del mercado de trabajo, que adquiere la forma de programas de activación obligada de los solicitantes de empleo. De este modo, el Estado se pone al servicio de la mercantilización de los individuos más vulnerables y acepta someter su acción a las exigencias de los actores del mercado. Al mismo tiempo, estos programas también pueden contribuir al desarrollo de la empleabilidad de las personas y, por tanto, de su libertad real para elegir un trabajo que valoran. Estas evoluciones, notables en Suiza pero también en otros países, plantean la cuestión en términos de capacidades. La contractualización de la acción pública incluida en las políticas sociales contemporáneas también está marcada por el sello de la ambigüedad entre, por un lado, la figura retórica de la libertad y de la autonomía de los contratantes y, por otro, la asimetría de las relaciones de fuerza y la obligación de los beneficiarios del Estado social. Estas diversas evoluciones tienen un impacto significativo en el modo en que se desarrolla la tensión entre libertad y obligación en el mercado de trabajo.

De modo general, se puede plantear la hipótesis de que el contrato de trabajo aporta una modificación profunda en las relaciones productivas, permitiendo discernir el colectivo de trabajo que dibuja el conjunto de contratantes con un patrón, allí donde dominaba el entramado de relaciones de subcontratación y la sucesión de intervenciones de los diferentes oficios. Esta adaptación del contrato de trabajo tendría de este modo como impacto la adaptación de la noción de empresa. Se puede ver en ello la base de un interrogante sobre las capacidades de las personas, tomadas individualmente, para conservar su lugar dentro de este colectivo. Saber cómo identificar lo que vamos a llamar “calificaciones” se convierte entonces en un reto, con vistas a justificar la jerarquía de los salarios que se produce dentro de este conjunto.

3. Formas de transmisión y construcción de las capacidades/vulnerabilidades

En esta parte, convendría sobre todo interesarse por los cambios que el funcionamiento de los mercados introducen en las formas de construcción de las capacidades y vulnerabilidades y el papel de la modernización socio-productiva en la materia fomentando, por ejemplo, la aparición de oficios más cualificados y la marginalización de los trabajadores poco cualificados; un proceso conocido, en el mundo urbano del periodo de transición del siglo XIX al XX, bajo el nombre de “erosión de los oficios tradicionales”. El caso más documentado es el de Madrid. Durante la primera mitad del siglo XX, la ciudad recibe una masa de emigrantes de origen rural que trabaja en la construcción y en empleos poco cualificados, provocando la crisis de los oficios tradicionales. Este proceso se desarrolla en el momento en que Madrid se afirma como centro administrativo y comercial, dando lugar asimismo a la aparición de nuevos oficios que refuerzan esta crisis de los oficios tradicionales “erosionándolos”, alimentando el malestar y la contestación social de los pequeños artesanos que, políticamente, se vuelven hacia el socialismo naciente de Pablo Iglesias y hacia el anarquismo. Por otro lado, se trata de tomar en consideración el hecho de que la erosión de los oficios permite vincular el fenómeno demográfico del éxodo rural, la evolución de los modelos de mortalidad, la emergencia de publicaciones higienistas, los cambios que se producen a nivel del urbanismo, con el funcionamiento de los mercados de trabajo, así como la formación de vulnerabilidades, la construcción de capacidades, la movilidad social, etc.

Al tratarse de otra dinámica, la separación en la Francia escolar del siglo XIX entre cultura clásica y cultura elemental y técnica condujo a la instauración por etapas de dos órdenes de enseñanza, la secundaria (para la élite) y la primaria (para el pueblo), prolongándose eventualmente mediante una enseñanza técnica o carreras profesionales y el establecimiento de un orden de lo técnico durante la primera mitad del siglo XX (las reformas de 1959 y posteriores reestructuraron totalmente este entramado). El Certificado de Aptitud Profesional (CAP, 1919) es creado primero como Certificado de capacidad profesional (Guy Brucy, Pascal Caillaud). Así, la separación entre unos saberes propicios para la distinción y unas capacidades profesionales parece arraigarse en la estructuración misma de la enseñanza escolar en Francia. Encontramos en Durkheim esta noción de capacidades en el contraste entre individuos y funciones. Aparece asimismo en las reflexiones educativas y pedagógicas del siglo XIX y XX en Francia (por otro lado, Durkheim ocupó la cátedra de pedagogía en la Sorbona). La noción de capacidades merecería una atención particular por parte de los historiadores, ya que, ¿qué hay en común entre lo que significaba para Durkheim y lo que significa desde los últimos 20 años del siglo XX cuando es integrada en los referenciales de actividades, de oficios y diplomas, dentro de la lógica de las “competencias”?

El hecho de que el Estado se haga cargo de la formación parece participar en un movimiento que relega la familia a la esfera de lo íntimo y construye el trabajo como esfera autónoma, emancipado de esta misma familia. Especialmente con la “nacionalización/estatalización” progresiva del CAP y con su reconocimiento en los convenios colectivos, se puede considerar que la formación profesional de los trabajadores y de los empleados, así como su validación mediante el examen y su certificación mediante el diploma, han dejado de pertenecer al orden privado para ser exclusivamente de orden público, al contrario que la religión que conoce el proceso inverso (ver la célebre fórmula de P. Laffitte a la muerte de J. Ferry). Concuerda asimismo con la puesta en marcha de dispositivos sociales para contribuir a reducir las vulnerabilidades de los individuos. Formas de transmisiones, capacidades para construir su trayectoria profesional y elegir su vida, en todas las edades de la existencia (estas formulaciones corresponden a las evoluciones recientes, aparecidas durante los años ochenta y noventa del pasado siglo. Reflejan una ruptura completa con los proyectos políticos de la Liberación y la filosofía social elaborada a comienzos del siglo XX), en relación con el envejecimiento, así como las modalidades de toma en consideración de las vulnerabilidades – la discapacidad, la dependencia, etc.- por la familia, la hermandad o el Estado, deben pues ser analizadas en toda la diversidad de las configuraciones socioeconómicas y políticas. El “distrito industrial” en el que se observa, poco o mucho, una forma de indiferenciación entre espacio de producción y espacio familiar, es una de estas configuraciones. Por otro lado, los países que nos interesan continuaron siendo durante largo tiempo mayoritariamente rurales y agrícolas. Convendría pues examinar los modos de transmisión y de aprendizaje del trabajo agrícola. La institucionalización de la enseñanza agrícola contribuye a convertir la agricultura en un oficio que se aprende. La modernización de este sector de actividades supone el aprendizaje de nuevas competencias y saberes para superar la mera reproducción de prácticas rutinarias aprendidas en el marco familiar.

Al tratarse de la noción de “distritos industriales”, utilizada desde hace unos 30 años para caracterizar unas agrupaciones de empresas especializadas sectorialmente, el economista Alfred Marshall, precursor en este campo, observando la acumulación de saberes prácticos dentro de estas agrupaciones, reduce la explicación a un factor de proximidad, como si los conocimientos técnicos circulasen en cierto modo “in the air”, traducido al francés mediante la expresión “atmosphère industrielle” (ambiente industrial). Esta naturalización del proceso de transmisión ilustra la dificultad para contemplar una esfera de trabajo indiferenciada en el espacio y el tiempo de la existencia.

Así, parece necesario interrogarse sobre las modalidades, a largo plazo, de transmisión del saber profesional y de capacitaciones para ejercer un oficio, y ello en relación con nuestras reflexiones alrededor de la familia (transmisión en el marco familiar, o por un “padre sustituto” en el Compagnonnage -hermandad profesional- por ejemplo), según un enfoque de género (¿qué formación para las mujeres para qué trayectoria social?), alrededor de los modos de contractualización (¿qué toma en consideración de las capacidades, de las aptitudes, de las competencias, etc., y según qué criterios en el compromiso laboral? Es fundamental analizar las condiciones de aparición de estas nociones en el mundo de las empresas y las condiciones y las modalidades de su difusión en el mundo de la enseñanza profesional y en el de la enseñanza tecnológica y general para medir los retos que traen consigo sobre todo en materia de redefinición de la condición salarial en Francia y en Europa) o también en relación con la propiedad (¿el patrimonio como factor propio para la reproducción social? –Bourdieu, Passeron). En el caso de los distritos, ¿se puede ir más allá de la figura artificial del “In the air”?

4. Patrimonios del trabajo y transmisión de la propiedad

Según una interpretación dominante durante mucho tiempo, la industrialización europea surgió de un proceso de desposesión y privatización iniciado en Inglaterra en la época moderna con el movimiento de las Enclosures. Según esta interpretación, el cierre de los campos abiertos habría tenido dos consecuencias principales: el desarrollo de una cultura de plena propiedad individual y la metamorfosis de una masa de campesinos privados de sus tierras en una clase obrera dispuesta a ser empleada y explotada en las fábricas. Estas transformaciones  habrían transfigurado completamente la propiedad y el trabajo, previamente enmarcadas en unas lógicas domésticas y comunitarias, hacia la adquisición de unas formas de tipo individual e impersonal, con el nacimiento de la figura social del proletario y la progresiva disolución de las sociabilidades primarias relacionadas con la familia patriarcal. Por tanto, siguiendo este relato, la plena propiedad privada y el trabajo asalariado deberían considerarse a la vez como los marcadores del desarrollo del capitalismo y los responsables de la despersonalización y de la fragilización de los vínculos sociales que habrían acompañado ese mismo desarrollo.

A lo largo de las últimas décadas, los trabajos dedicados a otros países que no sean Inglaterra han tendido a volver más compleja esta demostración. Si pensamos por ejemplo en la industria rural “suave” del campo francés (Jean-Marc Olivier), en el desarrollo de los distritos industriales en las áreas mezzadrili italianas y en la Península Ibérica, o en la persistente difusión del trabajo a domicilio en la economía suiza, esta literatura ha demostrado que en numerosos contextos históricos la propiedad y el trabajo han conocido una trayectoria mucho menos lineal que la dibujada a partir del relato clásico sobre las Enclosures.

En lo que respecta a la historia de los derechos de propiedad, los análisis de los sistemas de propiedad del Antiguo Régimen han revelado la existencia de una gramática jurídica compleja, en la que la propiedad correspondía a un conjunto de derechos que no se reducía tan sólo a la alternativa propiedad privada/propiedad colectiva. Dentro de este marco variado, la aparcería u otros tipos de disociación y de reparto de los derechos rústicos e inmobiliarios, en vez de impedir el desarrollo del capitalismo, en ocasiones han podido ofrecer a los patronos y a los trabajadores facilidades económicas en términos de disponibilidad de capitales, de acceso al crédito o de reserva patrimonial frente a los imprevistos y los riesgos coyunturales.

Dentro de la historia del trabajo, la separación clásica entre asalariado y patrón también ha sido cuestionada, en especial a través de estudios sobre la condición híbrida del artesano, así como por reflexiones alrededor de la estructura del contrato de obra, confiriendo a los trabajadores la oportunidad de convertirse en empresarios propietarios de sus talleres y de sus telares. Debemos asimismo recordar que en la Europa de finales del XIX y comienzos del XX la pequeña empresa familiar y el pequeño taller industrial formaban la mayor parte del tejido industrial del continente y, por otro lado, que era corriente para muchos trabajadores fundar sus propios talleres y empresas. La cuestión de la movilidad laboral y de la movilidad social también debe ser analizada. Por otro lado, la propiedad es también la de los individuos con la esclavitud lo que abre la necesidad de una reflexión alrededor de las contradicciones entre derecho a la propiedad y derecho a la libertad individual.

La cuestión de las relaciones entre propiedades inmobiliarias e instituciones familiares también debe plantearse. Pensemos en especial en el código civil napoleónico (que tuvo cierta influencia en Suiza y que ha sido el modelo de codificación en Italia) y en el cuestionamiento de las prácticas de transmisión de bienes en materia de herencia.

Por último, la noción de “bien común” utilizada en el siglo XX en el marco de una dinámica católica neotomista, podría requerir aclaraciones sobre unas reflexiones y experiencias alternativas al capitalismo clásico. Estas aclaraciones podrían inscribirse dentro de una reflexión ampliada alrededor de la propiedad colectiva de los bienes de producción, a través sobre todo de las secuencias de construcción y/o disolución de la propiedad colectiva: hacer y deshacer la propiedad colectiva del trabajo.

A partir de estos derechos, se trataría en el cuarto eje de analizar las relaciones entre la propiedad y el trabajo, desde el punto de vista a la vez de los dispositivos jurídicos y contractuales sobre los que estas relaciones se han desarrollado y de las consecuencias de su evolución en términos de exclusión/inclusión, protección o fragilización de los individuos, de las familias y de las comunidades. ¿De qué forma la metamorfosis de las configuraciones de propiedad se establece en relación con las metamorfosis del trabajo? ¿Cómo las reconfiguraciones de la propiedad acompañan la evolución de la predominancia de la actividad doméstica hacia una especificación del trabajo en una vida humana más amplia? Por último, ¿cuál sería la aportación de la propiedad a la formación de las capacidades empresariales?